Cuando alguien te mira, miles de pensamientos atraviesan su mente en un instante. Un instante del cual ni siquiera es consciente. Apenas le da tiempo a manifestar este centenar de recuerdos, asociaciones, gustos, preferencias, cultura, enseñanzas y novedades como un acto instintivo y radical: el momento de la primera impresión, de catalogar a alguien.
Prejuicios. Tan divertidos, variados y curiosos. Sinceramente, y no os voy a engañar, me encantan. Aprendes tanto de una persona, sabiendo qué opina al ver a otras. Puedes saber cómo son sus padres, su entorno, sus gustos. Cómo ha crecido y qué le han enseñado. A qué le da más o menos preferencia. Qué cree importante.
No quiero que se me malinterprete cuando digo que soy amante de los prejuicios. Lo soy desde un punto de vista puramente analista y sociológico, como un entretenimiento como podría ser ver pasarelas, sólo que en este caso, los modelos son abtracciones en ideas. La cuestión es que me gustan, pero no me dejo guiar por ellos. Así como es innegable nuestra disposición a leer de forma subjetiva a las personas desde el momento en que la vemos, tenemos que estar dispuestos, de la misma forma, a romper con esa imagen. A abrirnos de mente, aceptar que cada personas es un mundo, y que las apariencias engañan, siempre.
Yo, mis pulseras, mis collares y mis colores chillones. Mi caos en el bolso, mi mochila verde, mi cámara de fotos. Mis anillos, mis piercings, mis rulos libres al viento. Uñas de colores despintados, sonrisa rápida y toda la mejor onda. Puedo sacar de debajo de mi brazo tanto un libro, como una libreta, como un termo. A veces fumo, a veces bebo, a veces río. Rectifico, siempre río. Sólo que a veces de alegría, y otras.. bueno, quizás un poco menos de alegría. Pura contradicción, veo las cosas desde todos los puntos de vista posible. Al menos, lo intento. Es básicamente lo único que se me quedó de las ciencias: la relatividad de Einstein. Como he dicho, las apariencias engañan, y la luna tiene un lado oculto.
Pero sobre todo, mis pulseras. Mis pulseras, mis collares y yo. O mejor dicho, esas pulseras, eso collares, que forman ese yo. Parte de mi personalidad. Pulseras que cuando las ven, piensan miles de cosas. Dejé de interesarme: cada uno me verá como quiera, pocos como realmente soy. Y la verdad, no importa. No se trata de agradar a todos, ni siquiera de agradar a pocos. El gustarte a ti misma, hará que a otros les gustes.
De brillar, de ser luz. Tu propia luz.Y que brille lo máximo posible, de la forma más positiva y pura, para poder alcanzar a mucha gente.
Y ya, tirando hacia delante. Que aún quedan más historias que contar en pulseras regaladas.

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