Mi tía me contó una vez que le había dicho, siendo muy pequeña, que nunca más iba a querer a nadie. Que no quería querer más.
Ella me miró sorprendida, y me preguntó por qué.
Le contesté que dolía demasiado cuando se marchaban.
Tardé años en darme cuenta que la felicidad que provoca ese dolor, vale la pena.
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